BAVIERA Y EL TIROL

José Antonio Barquilla. Dpto. de Lengua y Literatura.

Frío por fuera. Calor por dentro. Así se podría resumir de manera muy certera nuestro viaje de 2º de Bachillerato a Baviera y el Tirol austríaco.
El frío lo puso la nieve, omnipresente durante toda nuestra estancia por tierras germánicas, pero también puso el asombro, el recogimiento y -¿cómo no?- la diversión.
El calor surgió de todos nosotros, de la convivencia, la amistad y la alegría con que disfrutamos juntos tantos momentos inolvidables.
Para empezar, el albergue donde pasábamos las noches y amanecíamos cada día, a las afueras de un pequeño pueblo entre montañas, en medio del campo nevado, en frente de un río de aguas insultantemente cristalinas y al pie de una montaña blanca coronada con una cruz, minúscula en la distancia, pero que debía de ser gigantesca.
En el vestíbulo de ese albergue nos tumbábamos al atardecer encima de unos enormes cojines, cuando volvíamos exhaustos tras la excursión del día. Incluso vimos allí el partido de fútbol entre el Bayern y la Juve,compartiendo lugar y emoción con un grupo de niños alemanes alojados también en el albergue.
El pueblo -nuestro cuartel de invierno- se llamaba Oberammergau, y era toda una postal de Navidad, las fachadas de las casas pintadas con imágenes de todos los colores, pero un solo argumento: la pasión y muerte de Cristo, que allí representan en vivo todos sus vecinos cada diez años y que es famosa en toda Alemania.
No podremos olvidar tampoco los castillos del rey loco, Luis II de Baviera, un personaje romántico e idealista, extraño al tiempo prosaico que le tocó vivir. Neuschwanstein y Linderhof eran castillos de fantasía rodeados de un paisaje más fantástico aún.
Y como estamos entre montañas, ¿qué decir de Innsbruck, la capital del Tirol? Una ciudad aristocrática, residencia de recreo de los emperadores de Austria, rodeada de montañas que sobrecogen -y acongojan- a quien las mira imponentes sobre su cabeza.Fue sede de unos juegos olímpicos de invierno y allí pudimos ver las pistas de saltos de esquí donde los deportistas se lanzaban a un inmenso vacío de hielo y nieve.
Y por fin, Múnich, capital de Baviera. Visitamos aquí la casa de la BMW, que nos puso los dientes largos, o más bien los ojos fuera de sus órbitas, al admirar aquellas formidables máquinas de velocidad y lujo, en particular un par de Rolls Royce, a unos 300.000 euros cada uno, céntimo arriba, céntimo abajo.
Además de estas obras de arte contemporáneas, también quedarán en nuestro recuerdo otras más antiguas, como el Ayuntamiento, un espectacular palacio gótico de cuyo reloj salen a la fachada unas figuras danzantes a las 12 del mediodía.
Pero especialmente conmovedor fue el contemplar los escenarios donde el partido nazi celebraba sus desfiles y concentraciones multitudinarios. Se le encoge a uno el alma cuando piensa de lo que fueron testigos aquellas plazas y avenidas no hace aún ni 80 años.
Y como no podía ser de otra manera, ¿cómo olvidarse de la cerveza? Es la palabra más empleada en alemán. Exqusita, incomparable. ¡Ay, la cerveza!

 

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